lunes, 27 de noviembre de 2017

Luzas y morras. Teaser documental

Alteveré

Tiene el corazón desportillado y la mirada nítida del azul mecedor de las olas gigantes. Las manos limpias y pulidas como las de un santo, y el suave sueño de la mudanza permanente. Francisco Navarro nació en Londres en 1937 tras el acoso deliberado que sufrió su familia justo un año antes, cuando a su padre José Navarro Moner, un exportador de fruta de Villareal de los Infantes que había encontrado en Almería el amor y el delicioso placer de la vida consumada, le dieron el aviso de que huyera antes de que un pelotón de falangistas lo apresara por mostrar un aire de anglosajón excesivo. En Inglaterra adquirió el pudor constante de los británicos y el amparo de la nacionalidad que luego, cuando regresó a Almería en 1940, le serviría para compensar la escasez de los alimentos racionados con suntuosas cestas de harina blanca, mantequilla y azúcar que le hacían llegar a través del consulado inglés en Málaga. A los doce años su padre quiso involucrarlo en el negocio de la exportación de la fruta y se lo llevó al mercado de Covent Garden de Londres para adiestrarlo en el calibrado de los precios y de los beneficios observando la precisión ancestral que practicaban los hebreos. Allí aprendió el mecanismo del negocio y allí prolongó ese refinamiento inusual que nunca más pudo ocultar. A los catorce años su padre le regaló un Austin Atlantic amarillo y entonces, como una premonición, el mundo viró por dejarle paso. Había concluido la segunda guerra mundial y el negocio de la uva de Almería florecía con una intensidad exagerada. Francisco Navarro se fue haciendo cargo de la representación del negocio con una suerte de extravagancia y generosidad. Y entonces la estela de su coche descapotable se volvió brillante y habitual entre los campos de parrales y se acrecentó su estado de seductor puro porque acechaba a las coristas del Casino para luego acompañarlas a su salida con aquella lujosa ostentación de sonrisas perfectas y el cabrilleo de la piel. Y desde la Venta Eritaña, luego el Hotel Solymar, donde se exhibía con su silueta celestial la prostituta Navajilla y donde conoció a cuatro músicos ingleses atolondrados y desgarbados a los que ayudaba como traductor para que Fernando, el camarero obstinado y mitológico de la Venta, no albergara dudas sobre su solvencia, comenzó a tramar un futuro inmediato sin las disputas del resto. Y se hizo asiduo al cabaret de El Chapina donde se exhibía con su smoking impecable, urgido por el perfume de las vedettes Carmen de Lirio o de Lourdes Amaya, y donde su padre tenía que telefonearle para que recogiera los telegramas urgentes. Y acrecentó luego aquella afición por el automovilismo con su primera carrera en Palma de Mallorca en 1954, que fue solo un ejercicio preparatorio de su osadía posterior con Ángel Fernández: la vuelta España en un Seat 600 en 92 horas y 16 minutos. Aunque la estela de su pericia automovilística le hizo indomable, luego la consternación de la vida fue aflojando el delirio y en la década de los sesenta el gruñido del Austin Atlantic se hizo ralentí y el cielorraso. Francisco Navarro también es Paquito. Dice que el amor le dio la última puntada la noche del veinte de octubre de 1971 cuando llamaron a su puerta y le despojaron de su intimidad con tres abrazos alborozados y la ternura impaciente de los gorriones y dice que sucumbió porque le sobrevino el desaliento en las rodillas y que por eso se casó. Se casó con Albertina Piquer en Gibraltar para gozar de los privilegios de su nacionalidad pero también para aliviar alguna afrenta, porque consintió enamorado. Francisco Navarro se asoma ahora al horizonte del mar para escuchar su rutina sepulcral y reavivar las oraciones perfectas de su madre y el consejo purificador de su padre, pero solo oye el traqueteo de las emporronadoras y la fruición de los tapadores abrazados a las duelas y la emoción matinal de los arrieros y los tratos apresurados alteveré con los parraleros, sin dinero ni traiciones. Y escucha también las canciones deliberadas de las limpiadoras floreando los parrales. Anda encargado, mira el reloj, no te equivoques que las seis son. Las limpiadoras están aburridas, quitan las buenas, dejan las podridas. Francisco Navarro todavía recuerda cuando se vestía de niño Jesús en 1948 en las procesiones de los Niños hebreos, y musita las mismas plegarias infantiles, pero solo es una oración, la misma oración vespertina de una vida sin salud, y el aliento de aquel amor casi eterno calcinando el aire. Si te equivocas, haz lo que quieras, pero ahora mismo se van las obreras.

sábado, 5 de marzo de 2016

En recuerdo de Gloria Sevilla, la partera de la Chanca, que ya nos ha dejado sin llanto y sin excusas

Hay llantos que brotan en la primera liturgia de la vida con su naturalidad correspondiente. Llantos acompasados con las primeras bocanadas de oxígeno impuro, exprimidos en los pulmones recién nacidos. Y hay llantos que emergen de las entrañas del propio cuerpo que los cobija, incluso antes de florecer, porque ya no soportan la fatiga del vientre y sienten la quemazón del liquido corrompido por meses de gestación. Gloria Sevilla siempre lleva las manos limpias y el brillo legendario de su ubicuidad. Cuando solo era una niña acompañó a su madre para asistir el parto de una de su cuñadas. La escena, con el vapor del alma emergiendo con un gemido parecido al zumbido de los moscardones y el lecho cubierto de flores tibias y los bracitos del recién nacido aferrándose al cabo de las manos que lo recogían, le provocaron un escalofrío irremediable y la convulsión de su destino. Recuerda que aunque solo era un niña, su mirada se hizo más precisa y notó cómo se le arreciaron las manos y como aprendió aquel gesto con el que su madre se conducía por el laberinto de los muslos sudorosos y el sufrimiento de la primera vida, con su estallido de pavor y dolor insuperables. Gloria Sevilla asistió aquella noche a su primer parto con la inconsciencia de la juventud pero allí mismo se reveló su lucidez penetrante y el aplomo para el oficio que luego le guiaría toda la vida. Gloria Sevilla tiene noventa y cuatro años y es la partera del barrio de Pescadería. Sus manos han dado durante muchos años el primer pespunte de la vida a centenares de vecinos. Pespuntes con hilo desinfectado que tenía que trenzar con el mimo de las monjas para evitar las infecciones y para sellar definitivamente la entrada por la que querían retornar los recién nacidos, ansiosos por recuperar su latido intacto. Como el que le dio al hijo de Rosa la Motorista, la primera mujer a la que asistió en mitad de la noche y en mitad del miedo aterrador que le produjo estar completamente sola. Cuando su vecina le avisó para que le ayudara, la sangre se le volvió tan espesa que las piernas eran incapaces de temblar. Y aún así, como había aprendido por ver a su madre, le sobrevino la entereza: un trapo sobre la cama, un trapo sin categoría, limpio; una zalea o una lona y una palangana para recoger la marranería; el agua puesta a calentar, el hilo en el alcohol y una mezcla de coraje y ternura sobrenatural con la que recoger a la primera criatura de su vida, un niño, recuerda, que emergió con la mirada y la ligereza de los topillos. Gloria ya era la comadrona. Sin el anuncio de su habilidad, todo el mundo sabía donde estaba su casa. A cualquier hora y casi a cualquier sitio. Dice que una noche la despertaron con tanta urgencia, que tuvo que ir hasta las quinientas viviendas en una bicicleta vieja y ruidosa sobre el asiento de una tabla carcomida. El delirio del alumbramiento se convirtió en su rutina. Mellizas que apenas pesaron un kilo cada una o la mujer a la que la criatura se le había atravesado en la panza y tuvo que enderezarla con la magia de su mano derecha. O aquella vez, que nunca olvidará, en la que el llanto fue tan precoz que restallaba en el vientre de la madre antes de que ella pudiese arquear las piernas. Gloria Sevilla ha estado mas de setenta años recogiendo la vida en su manos. Su única pericia ha sido el amor por la vida y la inefable virtud de partera pulcra y completa. Ahora, cuando la gente la para por las calles para agradecerle la buenaventura que les transmitió el mismo día en el que nacieron, dice que siente renacer en su corazón la alegría de vivir y entonces se estremece con una sonrisa en su sillita de estancias diurnas, ajena al bullicio de la gimnasia terapéutica, con las uñas recién cortadas y limpias y en la memoria el olor natural y milenario del parto.