sábado, 5 de marzo de 2016

En recuerdo de Gloria Sevilla, la partera de la Chanca, que ya nos ha dejado sin llanto y sin excusas

Hay llantos que brotan en la primera liturgia de la vida con su naturalidad correspondiente. Llantos acompasados con las primeras bocanadas de oxígeno impuro, exprimidos en los pulmones recién nacidos. Y hay llantos que emergen de las entrañas del propio cuerpo que los cobija, incluso antes de florecer, porque ya no soportan la fatiga del vientre y sienten la quemazón del liquido corrompido por meses de gestación. Gloria Sevilla siempre lleva las manos limpias y el brillo legendario de su ubicuidad. Cuando solo era una niña acompañó a su madre para asistir el parto de una de su cuñadas. La escena, con el vapor del alma emergiendo con un gemido parecido al zumbido de los moscardones y el lecho cubierto de flores tibias y los bracitos del recién nacido aferrándose al cabo de las manos que lo recogían, le provocaron un escalofrío irremediable y la convulsión de su destino. Recuerda que aunque solo era un niña, su mirada se hizo más precisa y notó cómo se le arreciaron las manos y como aprendió aquel gesto con el que su madre se conducía por el laberinto de los muslos sudorosos y el sufrimiento de la primera vida, con su estallido de pavor y dolor insuperables. Gloria Sevilla asistió aquella noche a su primer parto con la inconsciencia de la juventud pero allí mismo se reveló su lucidez penetrante y el aplomo para el oficio que luego le guiaría toda la vida. Gloria Sevilla tiene noventa y cuatro años y es la partera del barrio de Pescadería. Sus manos han dado durante muchos años el primer pespunte de la vida a centenares de vecinos. Pespuntes con hilo desinfectado que tenía que trenzar con el mimo de las monjas para evitar las infecciones y para sellar definitivamente la entrada por la que querían retornar los recién nacidos, ansiosos por recuperar su latido intacto. Como el que le dio al hijo de Rosa la Motorista, la primera mujer a la que asistió en mitad de la noche y en mitad del miedo aterrador que le produjo estar completamente sola. Cuando su vecina le avisó para que le ayudara, la sangre se le volvió tan espesa que las piernas eran incapaces de temblar. Y aún así, como había aprendido por ver a su madre, le sobrevino la entereza: un trapo sobre la cama, un trapo sin categoría, limpio; una zalea o una lona y una palangana para recoger la marranería; el agua puesta a calentar, el hilo en el alcohol y una mezcla de coraje y ternura sobrenatural con la que recoger a la primera criatura de su vida, un niño, recuerda, que emergió con la mirada y la ligereza de los topillos. Gloria ya era la comadrona. Sin el anuncio de su habilidad, todo el mundo sabía donde estaba su casa. A cualquier hora y casi a cualquier sitio. Dice que una noche la despertaron con tanta urgencia, que tuvo que ir hasta las quinientas viviendas en una bicicleta vieja y ruidosa sobre el asiento de una tabla carcomida. El delirio del alumbramiento se convirtió en su rutina. Mellizas que apenas pesaron un kilo cada una o la mujer a la que la criatura se le había atravesado en la panza y tuvo que enderezarla con la magia de su mano derecha. O aquella vez, que nunca olvidará, en la que el llanto fue tan precoz que restallaba en el vientre de la madre antes de que ella pudiese arquear las piernas. Gloria Sevilla ha estado mas de setenta años recogiendo la vida en su manos. Su única pericia ha sido el amor por la vida y la inefable virtud de partera pulcra y completa. Ahora, cuando la gente la para por las calles para agradecerle la buenaventura que les transmitió el mismo día en el que nacieron, dice que siente renacer en su corazón la alegría de vivir y entonces se estremece con una sonrisa en su sillita de estancias diurnas, ajena al bullicio de la gimnasia terapéutica, con las uñas recién cortadas y limpias y en la memoria el olor natural y milenario del parto.

viernes, 6 de marzo de 2015

El juez del instante

Hay una máquina cromada que aspira el flujo contaminado del ser humano, con un ritmo digital y su precisión cosmonauta. El vaivén circular de sus cilindros se parece a la respiración de un sacristán, con la suavidad de su fuelle y la misma intensidad de la plegaria. La máquina absorbe primero el caudal oxidado que se agolpa en los brazos retorcidos, y luego, con un leve rugido de tropel remoto, exhala el aliento purificado de la vida. Antonio Abad Carretero nació el tres de enero de 1950 empapado por una llovizna de diminutas flores blancas. Por el brillo de su piel oscura supieron enseguida que se había estado alimentado de moléculas de amor y que aquello le había infundido el júbilo de vivir. Antonio Abad siempre tuvo el presagio de la felicidad y una timidez antigua. Y la fantasía del fútbol. El émbolo de la máquina sisea por su permanente flotación lunar. Un pitido. Otro pitido. Un enfermero delgado ajusta la intensidad del caudal y asiste con una sonrisa a Antonio que ahora se contornea con el mismo entusiasmo juvenil con el que empezó a apresar los balones en mitad del juego para infundir el respeto en aquel territorio polvoriento del Hispania Club de fútbol. Antonio Abad siempre demostró una lucidez original y la fantasía intacta. Por eso, cuando su vida se detuvo por el repentino pánico de la enfermedad, escogió las nubes para su tierra firme. Antonio tenía la afición desmedida por el fútbol como cualquier otro muchacho de su época. Cuando empezó a jugar con el Hispania, no sopesaba la latitud de su temperamento hasta que un día, en Jaén, le expulsaron sin remilgos. Y no fue la única vez. Aquella temporada le mandaron fuera del juego hasta doce veces. Dice que la injusticia se había apoderado de su alma, pero lo dice con la alarma de la picardía y una sonrisa extravagante. Fue entonces cuando Rafael Usero, viendo con él un partido en la Cañada le sugirió que se inscribiera en el colegio de árbitros ya que su temporada como jugador había concluido. Así lo hizo. Para su primer partido albergó tanto temor que el primer pitazo lo dio son un silbato de caramelo que luego ocultó para evitar alguna afrenta. Dice que la emoción fue tan profunda que nunca más pudo separarse de aquella pasión. El fluido se conduce con la ligereza del viento mientras las manos ejercen una presión regular sobre sí mismas para dejar que entre la vida y para mitigar el dolor permanente. Antonio Abad estuvo de arbitro durante varios años en los que todo el mundo reconoció su inusual capacidad para apaciguar los litigios cerca del área. Cuando ningún árbitro hablaba con los jugadores, él empezó a ejercer la conciliación con una maestría abrumadora: ¡Yo siempre hablaba con todo el mundo porque yo era un verdadero juez del instante! Hay quien se retuerce de dolor y quien contabiliza el tiempo que resta para la desconexión. En 1983 todo cambió. Era un partido entre el Zamora y el Constancia de Inca de Mallorca. Su facilidad para armonizar en el terreno de juego le había traído una fama irreprochable. Tras aquel partido, en el que todo el mundo le felicitó, regresó luego a su casa con la alegría de otro éxito y la pesadumbre de un presagio. Se tumbó en la cama y entonces el cielo se oscureció. Notó como su cuerpo se le apelmazaba por los calambres mientras sus lágrimas se secaban como el sendero ancestral de los primeros hombres. Aquella noche se detuvo repentinamente el silbatazo cuando emergió el rastro de la enfermedad y su espíritu se cubrió entonces de la ceniza con la que se cubre la desesperanza. El médico que le atendió le diagnosticó insuficiencia renal crónica motivada por una hipertensión. Dos remedios: una trasplante o la diálisis permanente. La vida de Antonio Abad cambió radicalmente, pero no su espíritu. Si en 1994 consiguió un trasplante de riñón en Málaga y durante los cinco años siguientes su vida fue de nuevo ligera y veloz, cuando su cuerpo lo rechazó, se aferró de nuevo al aire tenue de la vida y a las sesiones semanales de diálisis. Antonio Abad Carretero lleva casi una treintena de años sentándose junto a una máquina cromada para depurar su sangre. Un enfermero delgado lo mira sonriente cuando empieza a cantar la primera estrofa de una canción antigua que apenas recuerda o cuando grita ¡Attthléééétiii! Antonio renace cada día. Cuando desayuna en el Bar la Vaguada o cuando mira al mar profundo o cuando ve la sonrisa de sus compañeras de sala o cuando recoge con sus manos doloridas las manos de su compañera, la mujer a la que ama profundamente porque siempre sabe por dónde circula su dolor y siempre, siempre, sabe como remediarlo. La máquina se detiene con un suspiro metálico y Antonio Abad Carretero, el juez del instante, se desconecta entonces de la camilla para conectarse de nuevo a la vida.

La filarmónica

Hay quien prefiere la inconstancia de los días a la pulcritud del crepúsculo o el delirio de la vida a la rutina determinada del universo. José María Rodulfo tiene las manos suaves y heladas. Su corazón es sonoro como los bufidos de un buey y su mirada brillante como la de un niño. Nació hace ochenta y cinco años azorado por la curiosidad y una especie de ternura impresa que se ha prolongado como una sombra alargada. José María Rodulfo es barbero, el barbero del pueblo. Heredó la pasión por la barbería por un misterioso anhelo. Dice que cuando era niño se apostaba en los escaparates de las barberías de Almería y, como el que aprende un juego nuevo, anotaba mentalmente los giros imposibles de la navaja, los gestos atléticos del masaje y las primeras plegarias del barbilampiño. Lo recuerda con una claridad natural. Como si la vocación se le hubiera revelado con una aparición celeste que solo él pudiera ubicar. A los diez y siete años ya había aprendido la liturgia de la barbería a fuerza de ensayar con su amigos. Entonces comprobó que el chasquido de las tijeras, de las que nunca se separa, parecía ahuyentar los malos augurios. Y entonces vinieron los primeros clientes reclinándose sobre sus manos con una obediencia animal. Y la vida se volvió tersa y comprendió entonces que su anhelo era servir a los demás. A José María le llaman el Pariente. Él dice que es un apodo que muestra gratitud y afecto. Y tiene razón, porque desde que comenzó en el oficio no sea ausentado ni un solo día. Ni para ir de vacaciones ni para encontrar un trabajo más liviano. Porque él siempre trabajó en el campo, en los parrales, en el laberinto de las cosechas y la intemperie, pero en cuanto volvía del jornal, sin apenas reposar y con la urgencia de los adolescentes enamorados, abría inmediatamente el salón cromado de su barbería y la vida cobraba de nuevo sentido y la gente pasaba y a él le entraba entonces una leve tiritera parecida a la de un gran estreno teatral. Y así un día y otro. Un año y otro. Toda la vida. José María tiene una navaja Filarmónica. Es una navaja limpia y afilada que guarda en una caja. Él la conserva como un tesoro porque dice que es como una llave mágica, una llave que al sostenerla sobre el pulgar para rasurar la barba es capaz de decirle, por la vibración diminuta que se escapaba , si quien se sienta es pobre o está en desgracia o si pasa las noches en vela o también si está enfermo de melancolía porque se va antes la piel que la lana. José María ha entregado la vida entera a la barbería y a cambio de nada. Ahora el medico le dice que debe dejarla, que sus manos ya no responden con la agilidad original porque los tendones están encogidos como murciélagos. Pero él no hace caso y dice que ya solo es el entretenimiento y entonces hace gestos y se frota las manos porque las tiene heladas. Al final se mira en el espejo y se calla. José María Rodulfo, el último barbero de Bentarique siempre prefirió contemplar el crepúsculo y la rutina suave del universo porque quizá descubrió demasiado pronto el sentido de su vida y si siempre creyó que aquello fue una bendición, cuando ahora lo piensa, pudo ser también su condena. Se apaga la luz y se cierra la puerta.